lunes, 25 de junio de 2012

El Ataque de Robert Blake a Santa Cruz de Tenerife. 30 de abril de 1657

       t George at Santa Cruz
                 El St. George buque insignia de Robert Blake  en el ataque de Santa Cruz de Tenerife.
                    Por Charles Dixon (1872-1934);  c1900. Acuarela de 36 x 25cm

En represalia a la «negra política de Cromwell» (fue Lord Protector entre 1653 y 1658), Felipe IV mandó embargar en los puertos de las islas todos los bajeles y caudales pertenecientes a Inglaterra (1654). En los planes del gobierno inglés estaba interceptar las flotas cargadas de riquezas que volvían de América. La guerra fue inevitable. En septiembre de 1650 había llegado a Tenerife el nuevo capitán general Alonso Dávila y Guzmán, que había tomado posesión en mayo en Las Palmas, y al que se le prorrogó un trienio ante la crisis. En ese segundo mandato redobló su celo por la defensa del país, reparó las trincheras o parapetos, de manera que un muro protegiese la costa desde Puerto Caballos hasta Paso Alto; además, adelantó la obra del castillo de San Felipe del puerto de la Orotava. 

El 19 de octubre de 1655 elevó al rey nuevos proyectos de fortificación que incluían la construcción de nuevos reductos para completar el esqueleto formado por los castillos de San Cristóbal y San Juan; además, proyectó la construcción de una fortaleza en la montaña de San Roque para resguardo de la capital San Cristóbal de La Laguna, castillo que debería ser mayor que el castillo del Rey de Canaria. La propuesta fue aprobada por R.O. de 30 de mayo de 1656. El Cabildo se reunió el 3 de julio y acordó dar cumplimiento a las órdenes y disposiciones. En el verano de 1656 todas las obras proyectadas se habían ejecutado, salvo la ciudadela de San Roque, lo que dio lugar a que por Real Cédula de 15 de septiembre de 1656 el rey Felipe IV mostrara su agradecimiento al Cabildo de Tenerife en los siguientes términos «por el celo y fineça con que haveis acudido para obrar las fortificaciones que se han hecho en essa isla» (ACT, Reales Cédulas, leg 13, nº 28).

La Flota de Indias
Era «el mecanismo de funcionamiento del monopolio comercial español con América y constituyó la esencia de la denominada Carrera de Indias que englobaba todo el comercio y la navegación de España con sus territorios de ultramar» (Manuel Lucena).
Durante los siglos XVI a XVIII, las flotas de Indias llevaban las riquezas de América a España. Los productos transportados eran plata, oro, gemas, especias, cacao y otros.
En la década de 1520, y debido al incremento de la piratería inglesa y francesa, se decidió organizar un sistema de convoys para aumentar la seguridad del transporte. La idea era establecer dos flotas distintas (y), ambas compuestas por galeones fuertemente armados con cañones y barcos mercantes (carracas, naos) para llevar la carga. Las dos flotas salían cada año de Sevilla (después Cádiz), e iban la de Nueva España a Veracruz y la de Tierra Firme a Sudamérica (Cartagena de Indias, en la actual Colombia, y Nombre de Dios y Portobelo, en la actual Panamá). Tras la descarga las flotas se reunían en La Habana (Cuba), para el viaje de vuelta.
El control del comercio con las Indias, estaba fuertemente controlado por la Casa de la Contratación, creada por R. C. de los Reyes Católicos de 14 de febrero de 1503, por ella se habilitaba a la Casa «para la contratación de de las Indias y de Canarias y de las otras islas» esta «aclaración» sirvió para que las islas Canarias se alineara con los mercados peninsulares para comerciar con las Indias, a pesar de que el espíritu de la ley imponía que los territorios de Ultramar sólo podían comerciar con un puerto en España (primero Sevilla, luego Cádiz). Durante  tres siglos, el comercio de Indias ha sido, cuando no la solución por lo menos la mayor esperanza de la economía canaria (Cioanescu, T-II, p. 70). Los ingleses, holandeses y franceses trataron de romper el monopolio, estableciendo bases extranjeras en el Caribe, fomentando la piratería y enviando sus flotas para expoliar el comercio. Gracias al monopolio, España se convirtió en el país más rico de Europa, pero la riqueza sirvió principalmente para sufragar diversas guerras contra casi todos los países de Europa. También causó una enorme inflación en el siglo XVI, que a la larga destruyó la economía española.
Junto a los envíos de particulares, la flota llevaba el "quinto real", un impuesto del 20 por ciento en los metales preciosos y los envíos de particulares. Diversos descubrimientos arqueológicos sugieren que la cantidad de metales realmente transportados era mucho mayor que la declarada en el Archivo de Indias: los mercaderes recurrían al contrabando y a la corrupción para evitar pagar dicho quinto. Esto era así, pues Egues cuando fue comisionado para inventariar los tesoros y mercancias desembarcadas, descubrió un fraude y contrabando, que supuso, según Fernández Duro, para la Hacienda por derechos reales más de lo perdido en el desastre. El Tesoro (ascendía a 10.500.000 pesos) y las mercancías fueron embarcados en dos veleros de cabotaje que llegaron al Puerto de Santa María en marzo de 1658 (Rumeu, T-III, p. 201).  
En el siglo XVII, el sistema económico empezó a declinar por diversos motivos:
1 – Tormentas y huracanes: 1622, 1715 y 1733).
2 – Piratas, corsarios o barcos militares de potencias extranjeras: La flota de Nueva España el 8 de septiembre de 1628 fue capturada por el holandés Piet Hein en la Bahía de Matanzas, y la de Tierra Firme el 19 de septiembre 1656 que perdió cinco de las ochos embarcaciones y un botín de unos dos millones de pesos a manos de una división al mando de Stayner de la escuadra de Robert Blake en frente de la playa de Vendaval al sur de Cádiz. La de 1702 fue destruida durante la Batalla de Rande. Las capturas de la flota y las continuas guerras (en particular la guerra de los Treinta Años), provocaron una enorme crisis económica, España dejó de ser capaz de proteger sus colonias a mediados del siglo XVII.
3 – Caída en la producción de metales preciosos en América.
4 – Establecimiento de bases extranjeras en el Caribe (fundadas o tomadas a los españoles): Inglaterra adquirió San Cristóbal y Nieves en 1624, y ocupó Jamaica en 1655, Holanda Curazao en 1634 y los franceses Guadalupe y Martinica en 1636 y la parte occidental de Haití en 1655 que se hace definitiva en 1697.
Las flotas pasaron de 17 barcos en 1550 a 100, de mayor tamaño, a finales del siglo XVI. A mediados del XVII constaban de unos 25 barcos, y continuaron disminuyendo en tamaño. En más de 250 años de flota, las pérdidas por ataques fueron mínimas. Puede calificarse así la flota de Indias como una de las operaciones navales más exitosas de la historia.
En la década de 1780, España abrió las colonias al mercado libre. La última flota de Indias zarpó en 1790.

Robert Blake (Bridgwater, 1599-costa de Plymouth, 1657).
Almirante inglés. Partidario de Cromwell. Educado en el seno de una familia adinerada dedicada al comercio, cursó sus estudios en Oxford. Cuando finalizó sus estudios, se quedó a la cabeza del negocio familiar. Pero su escaso interés por los negocios le animó a abandonarlos para ingresar en el Parlamento Corto, que había sido constituido por Carlos I y su objetivo era financiar la campaña contra los escoceses. Poco después se declaró la guerra entre los anglicanos que apoyaban a la monarquía y los del Parlamento. Blake  luchó al lado de estos últimos. A lo largo de este tiempo, participó en la batalla e intervino en la defensa de localidades como Lyme o Dorset. Cuando regresó al Parlamento Largo hacia 1645, estableció una estrecha relación con Oliver Cromwell. Cuatro años después, fue elegido jefe de la armada de la Commonwealth. A pesar de su inexperiencia como marino, realizó un destacado trabajo de reestructuración de la flota. Logró bloquear la escuadra del príncipe Ruperto, uno de los defensores del rey, en Lisboa y capturarla en Cartagena (1650). Otra de sus hazañas fue acabar con los piratas de las islas Scilly y desmontó las bases realistas de Jersey. A mediados del siglo XVII, estalló la guerra entre las Provincias Unidas e Inglaterra. Ambas naciones se disputaban el dominio del Canal de la Mancha (1653). La participación de Blake fue decisiva. Gran estratega, se impuso en el enfrentamiento que tuvo con el holandés Maarten Van Tromp en el combate de Hage. De nuevo resultó vencedor en el Támesis en la lucha contra De Ruyter y Witt. Blake se enfrentó en varias ocasiones más con Van Tromp y sólo en Calais logró derrotar a su eterno rival, aunque esta victoria casi le cuesta la vida. Recuperado de sus heridas, se trasladó a las costas mediterráneas para atacar a todos los estados que habían apoyado al príncipe Ruperto. Entre los lugares afectados cabe citar Túnez, Argelia, Toscana, Trípoli y los Estados Pontificios (1654). Mientras se desarrolló la guerra anglo-española (1655-1657), en la que se pretendía la conquista de Jamaica, el siguiente escenario en que se desarrolló la lucha fue en Santa Cruz de Tenerife, donde se encontraba la flota española. El ataque provocó numerosas bajas por el hundimiento de la flota, aunque no consiguió apoderarse de los tesoros que transportaba. De regreso, le esperaban en su país para recibirle con todos los honores, pero la muerte le sobrevino en el barco, el 17 de agosto de 1657, en el puerto de Plymouth. Tuvo un funeral de estado en la abadía de Westminster y enterrado en la iglesia de St. Andrew de Plymouth, con la llegada al trono de Carlos II sus restos fueron trasladados a una fosa común. Blake dejó escrita una obra sobre estrategias navales -"Instrucciones de Combate"- que serviría de modelo para muchas de las batallas que se desarrollaron en el siglo XVIII. Robert Blake de la universidad de Oxford a oficial del ejército republicano, y del ejército a almirante de la marina inglesa.


Diego de Egues y Beaumont (Sevilla, 1610 - Bogotá, 1664)
Nació en Sevilla en 1610, su familia era de pura cepa navarra. Caballero de la Orden de Santiago (1626). Fue paje del rey Felipe IV, corregidor en Cochabamba, en el Perú (1635). Dos años despés fue nombrado capitán del presidio del puerto de El Callao y después capitán entretenido y de infantería en la Carrera de Indias. En 1639 se incorporó al Ejército de Cataluña al mando de una compañía de infantería de marina y tomó parte en el sitio de Salces. En 1640 estuvo en la batalla naval de Cádiz contra la escuadra francesa y en 1641 contra la holandesa.. En 1642 ascendió a Almirante y se incorpora  la flota de Tierra Firme. En 1647 había atravesado ocho veces el océano. En esas fechas ejerció el cargo de Veedor de todos los galeones y armadas del Mar Océano. Nombrado almirante general de la Flota de Nueva España (R. D. de 24 de diciembre de 1654), fue en su segundo viaje cuando recaló en Santa Cruz de Tenerife. Al regresar a la corte en marzo de 1658 fue nombrado consejero de Hacienda y mayordomo del serenisimo señor don Juan de Austria. En 1661 fue nombrado gobernador y capitán general del Nuevo Reino de Granada, llegó a la capital del Virreinato al año siguiente. Con la colaboración del síndico de la ciudad, Francisco Caldas Barbosa, hizo algunos arreglos al puente de San Agustín, empezó la obra de un puente sobre el río Funza, Puentegrande, y construyó dos puentes sobre el San Francisco. Uno de ellos de cantería sólida y con arco gótico, el cual comunicó el centro y sur de la ciudad con el norte hasta la canalización del río. La obra fue posible gracias a un impuesto de sisa que se fijo entonces y que ascendió a la suma de dos reales por cada botija de vino que ingresara a Santafé; teminado en 1664, existió por cerca de tres siglos, en la carrera séptima con Avenida Jiménez. Falleció, el 25 de diciembre de 1664, en el ejercicio de su cargo. Contrajo matrimonio en Sevilla con doña Teresa Federigui, natural de Méjico, tuvo tres hijos: Luis, Martín y Juan.


Alonso Dávila Y Guzmán (Jaca 10 de agosto de 1600 – Madrid, 23 de julio de 1668). Señor de Arevalillo y Hernán Gallego, Caballero de la Orden de Calatrava (1646).
Nació en Jaca, donde su padre Diego Dávila era alcaide de su fortaleza. Siendo niño se trasladó a Ávila, patria de sus antepasados, donde se educó hasta cumplir los veinte años. Asentó de soldado en el tercio de Juan Claros de Guzmán, marques de Fuentes,con el cual partió a Italia el año 1623 y, enseguida, a Flandes por el “Caminoespañol”. En dicho tercio fue alférez (1627) y capitán de infantería (1634).Tomó parte en la invasión de Francia de 1636 —siendo su maestre de campo el conde de Fuensaldaña— y se halló en las conquistas de La Capelle, Chatelet y Corbie. Dos años más tarde se distinguió en la toma del fuerte de St. Jean de Ruminghem y en el socorro de Saint Omer (1638), acciones por las que recibió la compañía de “caballos lanzas” de Pedro de Heredia que serviría hasta su promoción a maestre de campo (patente de 12 de enero de 1642), para suceder a Juan de Velasco, conde de Salazar, al mando de un tercio de infantería española. Mandó el referido tercio en las invasiones de Francia de los años 1642 y 1643, participando en la victoriosa batalla de Honnecourt (26.V.1642), pero el año siguiente no pudo llegar a tiempo de socorrer al ejército empeñado en la de Rocroi (19.V.1643), aunque su presencia en las inmediaciones del campo de batallapermitió salvar a la mayor parte de las tropas de Francisco de Melo, vencido por el  duque de Enghien. El 24 de abril de 1644 se le concedió una licencia para España, de donde faltaba hacía más de 20 años, y después pasó a servir en el Ejército de Extremadura, siendo promovido al empleo de general de la Artillería por patente de 2 de enero de 1646. Poco después se recibía en la Orden de Calatrava (el título se expidió a favor de Alonso Dávila y Guzmán Bracamonte Arévalo y del Peso) y, el 16 de marzo de 1648 se hizo cargo de la capitanía general de aquel ejército, que desempeñó interinamente desde que partió a la Corte el marqués de Tavara hasta el 12 de abril siguiente, en que se incorporó el barón de Molinghem. El 29 de enero de 1650 fue nombrado capitán general de las islas Canarias y presidente de su Real Audiencia por la promoción de Pedro Carrillo de Guzmán al gobierno de Panamá, desembarcó en Gran Canaria en junio, en septiembre pasó al puerto de Santa Cruz y el 17 de septiembre entró en la sala capitular. Había casado con Beatriz María Carrillo de Medina y Guzmán, hija de su antecesor en el gobierno insular, y hermana del almirante Luis Tomás Carrillo de Medina; tuvo seis hijos, Alonso, Diego y Pedro, y tres hembras, Ana, Beatriz y Teresa que profesaron en órdenes religiosas. Según Viera “aportó en Canaria a principios de junio [de 1650] con su mujer” (Viera, T-II, p. 213). En diciembre de 1659 entregó el gobierno de las islas a Sebastián Hurtado de Corcuera y Gaviria, pasando a la Corte a servir el puesto de consejero del Supremo de Guerra, que desempeñaba cuando falleció en Madrid el 23 de julio de 1668. [su biógrafo Juan L. Sánchez, web: tercios.org/personajes/davila_guzman_alonso.html].                                    
En 1884, a consulta de la Diputación de Avila, la Real Academia de la Historia prescribió que su nombre debía incribirse en uno de los cuatro frentes del pedestal de la estatua dedicada a Santa Teresa en Ávila (en la plaza de su nombre, también conocida como del Mercado Grande); concretamente, en el que rememora a los más notorios militares abulenses, apareciendo junto a otros siete.

El mandato del general Dávila
Debe pasar a la historia como el general que reorganizó las defensas de Santa Cruz, se enfrentó a la poderosa escuadra de Blake, frustró su desembarco, con sólo tres muertos entre las fuerzas bajo su mando y consiguió para Santa Cruz su primera cabeza de León.
Sin embargo, el historiador José de Viera dice de él (T-II, p. 238) dice: «En el tercer trienio de su largo y borrascoso mando, fue arrancado de nuestras islas, con poco lauro suyo, el capitán general y presidente don Alonso Dávila y Guzmán, jefe sin vigor en el entendimiento ni sensibilidad en el corazón, avaro, despótico, mal aconsejado y dado más bien para forjar prisiones que para hacer felices». Más adelante añade Viera: «sin fundamento, arte, ni elección, y tratando de levantar sobre el risco de San Roque una fantástica ciudadela que coronase la ciudad de La Laguna». No obstante, hay constancia que el 28 de marzo de 1658 solicitó de S. M. el relevo (Cioranescu, T-II, p. 338).
El historiador Rumeu dice que «el desprestigio de don Alonso Dávila por sus pocos escrúpulos en el orden crematístico, junto a su intemperancia y mal carácter, gastaron pronto su persona e hicieron poco simpático su gobierno» (T-III, p. 152), no obstante, más adelante añade «Dávila, aunque codicioso, no era tanto como revela Viera y Clavijo» (T-III, p. 166).
Alejandro Cioranescu es algo más ecuánime cuando dice «defendió con suficiente aliento el puerto de Santa Cruz contra el ataque de Blake (1657), a la vez que contra la pusilanimidad del almirante de la flota de Indias, Diego de Egues, refugiada en la bahía santacrucera. No obstante, sus exacciones y atropello, especialmente en el tema de la leva y contra el regidor Tomás de Nava, obligaron a éste a querellarse ante la Corona contra aquél y conseguir así su destitución» (Gran Enciclopedia Canaria, T-V, p. 1237).  
Permaneció en el destino cerca de una década pues el rey le prorrogó por dos veces su mandato. Residió habitualmente en La Laguna (Tenerife), aunque la sede de la Real Audiencia se hallaba en las Palmas de Gran Canaria.
Como ya hemos dicho en represalia a la política de Cromwell, Felipe IV mandó embargar en los puertos de las islas todos los bajeles y caudales pertenecientes a Inglaterra (1654). Viera habla de atropello, cohecho, tramas...
El 19 de octubre de 1655 elevó al rey nuevos proyectos de fortificación, entre ellos la construcción de una fortaleza en la montaña de San Roque para resguardo de la Capital San Cristóbal de La Laguna, castillo que debería ser mayor que el castillo del Rey de Canaria. La propuesta fue aprobada por RD de 30 de mayo de 1656. El cabildo se reunió el 3 de julio y acordó dar cumplimiento a las órdenes y disposiciones (Libro de Acuerdos).
El hecho militar más descollante de su gobierno se produjo el año 1657, cuando el almirante inglés Robert Blake intentó capturar la flota de Nueva España. Durante el año siguiente, atendiendo a lo ordenado en diversas cédulas reales, satisfizo numerosos pagos a cuenta de la plata salvada, hasta que ésta pudo expedirse a Cádiz.

La ciudad de San Cristóbal de La Laguna
La historiografía considera que la elección del espacio para asentar la capital de cada una de las siete islas fue debida a las necesidades defensivas y a la posibilidad de disponer de fondeaderos protegidos y de buenos desembarcaderos, es decir puertos naturales. Seguramente influyeron otros aspectos como el terreno, la abundancia de agua, los vientos dominantes, etc.  
En cada isla prevalecieron criterios no coincidentes, tanto para las islas de Señorío como para las de Realengo. En relación a las islas de Señorío: Santa María de Betancuria en la isla de Fuerteventura, la primera villa fundada en Canarias –lo fue por Juan de Bethencourt el 18 de enero 1405 tras la sumisión de Guize y Ayoze– se asentó en un valle alejado de la costa y rodeado de montañas con el claro objetivo de dar prioridad a la protección de sus habitantes. Lo mismo ocurrió con Teguise en Lanzarote y con Santa María Valverde en El Hierro. Sin embargo, San Sebastián de La Gomera se asentó junto al mar en el mejor puerto natural de las islas.  
Las islas de Realengo, cuyos derechos de Señorío adquieren los Reyes Católicos en 1478, siguen los mismos criterios: En 1483 cuando culmina la incorporación de Gran Canaria a la corona de Castilla, la nueva ciudad, el Real de Las Palmas, se asienta a orillas de la desembocadura del barranco de Guiniguada. En 1494 se incorpora La Palma y también la capital, Santa Cruz de La Palma, se asienta junto al mar, en el ‘Apurón’. Sin embargo, en 1496 cuando concluye la lucha y la isla de Tenerife se incorpora a  la corona de Castilla, el lugar elegido para fundar la capital es el valle de Aguere a una legua de la costa.
La ubicación de los centros administrativos y de poder no será permanente y dará lugar a que de forma traumática se produzca un cambio de sede capitalina en aquellas islas que optaron por situarse en el interior:
· La villa de Santa María de Betancuria, vio condicionada la capitalidad por un acuerdo de la Junta Subalterna de Fuerteventura de 24 de noviembre de 1808, que en su punto 6º decía: “«Que se mude la capitalidad al lugar de Antigua para llenar los votos de aquellos naturales...» (Bonnet y Reverón, Buenaventura, pág 734). No parece que la capitalidad pasara a ese lugar hasta la década de los cuarenta, «trasladándose recientemente a La Antigua, pueblo crecido, y mejor situado» (Diccionario Madoz, 1845-1850, voz Betancuria) situada en el interior de la isla, que finalmente cedió la capitalidad a Puerto de Cabras, en fecha anterior a 1865. Esta capital desde 1950 recibe el nombre de Puerto del Rosario.
 · Teguise tras una serie de alternancias, en 1847, cede la capitalidad a Arrecife (véase Clar Fernández, J.M. Arrecife capital de Lanzarote).
· Sólo Santa María de Valverde la ha conservado, posiblemente por la situación de estancamiento de la población y sobre todo por la falta de un desembarcadero capaz de adquirir aspecto de núcleo urbano.
· El adelantado Alonso Fernández de Lugo fundó la ciudad de San Cristóbal de La Laguna a una “legua” de la costa, y Santa Cruz nació como un pequeño desembarcadero de la ciudad. Ésta pierde la capitalidad a favor de Santa Cruz de Tenerife en 1821 (véase Guimerá Peraza, Marcos).
Algunos historiadores han pretendido, porque así les convenía para plantear sus hipótesis y resolver los enigmas que suscitan la fundación de una ciudad, que San Cristóbal de La Laguna fue fundada como una ‘ciudad de paz’; nada más lejos de la realidad, para desmontar tal aserto basta acudir a las actas del Cabildo y comprobar las numerosas intervenciones en materia de defensa. En ese punto no caben disquisiciones, el adelantado lo que consiguió fue una ‘ciudad en paz’ y ello fue debido a que fue el ‘lugar’ de Santa Cruz el que actuó como escudo protector. 

Santa Cruz de Tenerife en 1657
Como ya hemos dicho Santa Cruz fue el escudo protector de de la ciudad San Cristóbal de La Laguna y su desembarcadero natural.
Las necesidades de la defensa y las posibilidades de abrigo que ofrecía a las flotas de Indias la obligaron a fortalecerse y poco a poco se convirtió  en plaza fuerte.
En 1657, era el mejor puerto fortificado de las islas y por ello la Flota de Nueva España busco refugio en él. Sin embargo, los edificios y monumentos eran escasos, veámoslo:
El núcleo urbano. Estaba limitado al sur por el barrio de San Telmo o del Cabo y la ermita del mismo nombre, salvando el barranco de Santos por un puente de madera que servía para peatones y caballerías. La calle del Chorro de Santo Domingo  (actual Valentín sanz) al oeste y la calle del Tigre (actual Villalba Hervás) al norte, donde entre 1676 y 1680 se construyó el convento franciscno de San Pedro de Alcántara. Más al norte estaba el barranco de Guaite que después se llamaría de los Frailes (actual Ruiz de padrón). No había ningún palacio  o casa noble, y contaba con unas 230 casas entre terreras y sobradas.
En 1625 tenía 200 vecinos (900 habitantes) y, en 1669, Lope de Mendoza cifra 250 vecinos (1.125 habitantes), por lo que en 1657 podría tener 230 vecinos y alrededor de 1.000 habitantes. Es interesante citar el aumento de población que se produce en el padrón de la parroquia de 1676 en el que se relacionan 560 vecinos [2.334 almas] y 550 casas; sin embargo, años después se producirá un retroceso que se frenó poco después de la erupción volcánica que cegó el puerto de Garachico, en 1706, y convirtió a Santa Cruz en el puerto principal de la isla, debido al auge comercial que generó el puerto, en 1723, se asentó la sede de la Comandancia General.
La Parroquia. Iglesia de la Nuestra Señora de la Concepción, se inició su construcción poco antes de 1500 como ermita de una nave. Hacia 1640, la amplió por el lado del Evangelio el maestro Bartolomé González formando una pequeña iglesia de dos naves, cuyos techos quedaron destruidos por un incendio en 1652, que fueron reconstruidos y terminados poco después del ataque de 1657.    
El convento de Santo Domingo. Fundado en 1610 y derribado en 1847, estaba situado donde actualmente se encuentran el Teatro Guimerá y la Recova Vieja.
La Cruz fundacional. Es la cruz con pedestal que se podría situar actualmente en la calle de Bravo Murillo entre los antiguos edificios del Instituto Oceánográfico y de la eléctrica, la cruz aparece en los planos de 1701 y 1780, decíamos en 1994 (El Día, 8 de enero), que ningún historiador había hecho mención alguna sobre su ubicación e historia, lo que dio lugar a que nuestro tertuliano y amigo Luis Cola Benítez contara su historia (Fundación raíces y símbolos de Santa Cruz de Santiago de Tenerife, 2006).
Los molinos de viento. Se sabe que se edificó uno en 1620 y otros dos en 1642. En una vista cartográfica en perspectiva de Santa Cruz, figuran dos explicacions: “C. Los tres molinos de viento cuya alineación sirve de guía para entrar en el puerto” y “D. El castillo de Paso Alto para cuyo anclaje sirven de guía los mismos molinos”.  
La plaza del Castillo. El castillo estaba rodeado de edificaciones, que impedían pasar revista a la guarnición, por lo que el castellano de San Cristóbal, en 1685, se dirigió al Cabildo para que derribara la manzana de «casuchas que ocupaban el lado oeste del castillo», de esa forma nació la plaza de Armas del Castillo, después llamada de la Pila, de la Constitución de la Candelaria.

Ermita de San Telmo. Debió construirse en la segunda mitad del siglo xvi. Su nombre aparece por primera vez en 1576. Pertenecía a la cofradía de pescadores, constituida en 1556, su patrón era San Pedro González Telmo.

Ermita de San Sebastián. Erigida en el siglo xvi, citada por error por el ingeniero Torriani, desde 1600 se hace mención de su procesión, acompañada  por disparos de la artillería del castillo de San Cristóbal (Cioranescu, t-ii, pág. 418). Fue ampliada en 1738. Se hallaba entonces en el extrarradio de Santa Cruz.
Ermita de Regla. La ermita fue fundada en 1643 para atender a la guarnición del castillo de San Juan, que se acababa de construir.

Fortificaciones
La evolución de Santa Cruz como Plaza Fuerte ha sido trata de forma exhaustiva por los profesores Rumeu y Cioranescu, pero a la luz de los datos aportados en los últimos quince años por las fuentes documentales, especialmente las Descripciones, y la información que proporciona la cartográfica histórica, obliga, aunque sea de forma sinóptica a una puesta al día.
La primera fortificación erigida en Santa Cruz fue la famosa torre de Herrera, que Rumeu sitúa “seguramente (en) una de las márgenes del barranco de Santos” (Conquista de Tenerife, 1973, pág 76) y Cioranescu en las inmediaciones del barranco de Tahodio, “levantada más o menos en el solar ocupado por el Club Náutico” (Historia de Santa Cruz de Tenerife, 2ª Ed. T-I , pág 36-37) Es muy poco lo que se sabe sobre esta torre, construida, posiblemente en 1467, es decir unos años después que las torres de Gando en Gran Canaria (entre 1457 y 1459  y del Conde en La Gomera (mediados del siglo XV). Según veremos, es posible que Torriani la situara en su verdadera ubicación.
Según Cioranescu, Fernández de Lugo mandó construir una torre durante la conquista y añade que debió levantarse rápidamente, con materiales ligeros porque no parece haber resistido el paso de los años, tampoco se sabe dónde estaba situada.
En 1511 se vuelve a hablar de una torre pues el Adelantado otorga a Juan de Benavente “la tenencia de alcaldía de la torre del puerto de Santa Cruz”, sin saber a ciencia cierta si la torre existía o sí el nombramiento era debido al compromiso de levantarla o de repararla.  En 1513, Alonso Fernández de Lugo, decide construir una que en principio debía tener las siguientes características: “grueso 18 pies en cuadrado, con los muros de seis pies y almenas, troneras y saeteras, con su baluarte y barbacana y un cubo en cada esquina” (véase Cuenca, Guillén y Tous, p. 166),  al final se acordó que sólo se hiciese el baluarte con sus troneras para dar juego a la artillería, que debe considerarse como la primera defensa de Santa Cruz construida entre junio y mediados de agosto de 1513 en el lado sur de la caleta de Blas Díaz (donde después se levantó la batería de la Concepción, actual torre del Cabildo). Años más tarde, en 1554, Juan López de Cepeda inició los trámites para completar el baluarte, los trabajos fueron iniciados por el maestro de cantería Sebastián Merino, sobre planos enviados por su hermano el maestro Francisco Merino (uno de cuyos planos se conserva en el Archivo Municipal de La Laguna, véase mi trabajo El Hércules..., p. 36). El nombre de esa fortificación varía según el documento consultado pues se le llama “el cubilete”, “la torre”, “el bestión” y también lo citan como “castillo, y fuerte, y fuerza, y terraplén” y también “la Fortaleza”. En 1557, cuando aun no estaba terminada se colocó la artillería.
Sin embargo, el Cabildo no quedó satisfecho y solicitó al Rey la venida de un ingeniero.
El primer ingeniero que estudió las defensas de Santa Cruz fue Agustín Amodeo, que emitió informe que protocolizó ante Pedro Hernández Lordelo el 25 de octubre de 1571, pero este ingeniero no pudo llevar  a la práctica sus ideas pues falleció a los pocos días. A mediados de junio del año siguiente el rey envió al ingeniero Juan Alonso Rubián que presentó una nueva propuesta al Cabildo, que consistía en levantar un nuevo castillo, y en derribar “la Fortaleza” y la ermita de la Consolación. En 1575 se inició la construcción del castillo en el solar de la antigua ermita que recibió el nombre de San Cristóbal, en honor a la ciudad. Debido al gran ímpetu que le dio el gobernador Juan Álvarez de Fonseca en 1577 se le puso la artillería y las obras se terminaron al año siguiente.   
La primera descripción sobre las fortificación de la Marina de Santa Cruz la proporciona Leonardo Torriani en su famosa y conocida obra: “Descrittione et historia del regno de l’isole Canarie gia dette le fortunate con il parere delle loro fortificationi”.
Además de proponer varias reformas en el castillo de San Cristóbal indicaba que para su mejor defensa debían construirse dos fortificaciones, una en las inmediaciones del puerto de los Caballos y la otra en la zona de Paso Alto.
En el plano del Porto di Sa Cruz della isole di Tenerife figura una muralla de piedra seca que se había construido en 1545 y que fue reconstruida al levantar el castillo. Además donde dice Passo alto figura dibujada una traza cuadrada “B” que no cita, ¿podrían ser los restos de la torre de Herrera? que presumiblemente debía estar ubicada, en las inmediaciones del barranco de Tahodio, como hemos dicho.
En 1634, el Capitán General don Íñigo de Brizuela con la asistencia del Ingeniero Don Próspero Casola visitó las islas y escribió la memoria: Visita de las Yslas y Reyno de la Gran Canaria Hecha por don Yñigo De Briçuela Hurbina, con  la  asistencia de Próspero Casola (publicada en el año 2000). En ella figura la descripción de las fortificaciones de Santa Cruz y propone acrecentar el castillo principal de San Cristóbal, formando una plaza de armas donde se asiente la artillería que alcance Paso Alto y Caleta de los Negros. Además dice que la artillería del castillo, no descubre el puerto de Cavallos, por lo que conviene fabricar en él un reducto, donde puedan estar cuatro piezas de artillería.
Debido a la guerra contra Inglaterra, declarada en 1656, se completó la defensa con los fortines de Paso Alto, de San Miguel (en las inmediaciones del Real Club Náutico, en el margen izquierdo del barranco de Tahodio) y de la Candelaria (desembocadura del barranco de Almeida), las baterías de San Antonio (desembocadura del antiguo barranco de San Antonio, cruce de la Avenida de Francisco la Roche con la calle de Republica de Honduras), de las Cruces o del Calvario (en las inmediaciones de la calle del Saludo), de Roncadores,  de San Pedro (situada en el tramo final de la Alameda del Duque de Santa Elena) y de San Telmo (inmediaciones de la ermita del mismo nombre).

En 1669 el ingeniero militar Lope de Mendoza y Sandoval escribió la descripción: Discurso y plantas de las Yslas de Canaria (publicada en 1999). En ella incluye la Planta de el Lugar y puerto de Santa Crus en la ysla de Tenerife, en la que figuran las siguiente fortificaciones: castillo de San Juan, castillo Principal, baluarte de San Pedro, los Roncadores, baluarte de San Antonio, baluarte de la Candelaria, baluarte de San Miguel, baluarte de Santo Cristo y las trincheras.
Para los ingleses Santa Cruz era una fortaleza inexpugnable «El puerto había sido tan poderosamente fortificado, que un ataque coronado de éxito parecía imposible. A un extremo de la bahía se levantaba un fuerte castillo de piedra, armado con 40 cañones o quizá más. Seis o siete baluartes de piedra, muy pegados el uno al otro y reunidos entre sí por una triple línea de parapetos para la mosquetería, completan las defensas del lugar» (Cioranescu, p. 267, que lo toma de Firth, p. 239).
Descripción de las fortificaciones (véase el plano antes citado y el inventario de los castillos de 4 de diciembre de 1557, F-XIII/33, en él no figuran las trincheras, ni los fuertes de Bufadero y Valleseco, el resto sigue el mismo orden):

Las trincheras o parapetos. Protegían la costa desde Puerto Caballos hasta Paso Alto.
Fuerte del Bufadero. Construido en 1656 al norte de la Plaza, más allá de Paso Alto, al pie de la montaña del mismo nombre, proyectada por el ingeniero Juan de Somavilla y Tejada, artillado con diez piezas de los navíos de la flota de Nueva España y doscientos hombres.
Batería de Valleseco. Construida en 1656 al norte de la Plaza, más allá de Paso Alto, al pie de la montaña del mismo nombre, proyectada por el citado ingeniero y artillada con ocho cañones de hierro.
Castillo de San Cristóbal. Proyectado según traza del ingeniero Juan Alonso Rubián, que el 8 de marzo de 1574 presentó al Cabildo de la Isla, una en madera y otra en papel. El proyecto fue aprobado por Felipe ii por Real Cédula de 25 de julio del año siguiente. La obra fue iniciada por el Gobernador Juan Álvarez de Fonseca. El 14 de enero de 1577 el Cabildo acordó trasladar la artillería, entre cuyos cañones estaba el Hércules. En 1634 Próspero Casola proyectó añadir un foso por la parte de tierra y construir en la laja un desembarcadero y una plataforma que no llegaron a realizarse. Anexo al castillo figura la batería de Santo Domingo, que fue construida por Miguel Tiburcio Rossel, poco antes de 1701. A partir de 1723, durante el mandato del Teniente General Lorenzo Fernández de Villavicencio, se construyó una residencia para él. En 1740 el ingeniero Antonio Riviere proyectó una plataforma, que debía unir los dos baluartes que miraban al mar, para facilitar el juego de la artillería y la puntería pero no llegó a construirse.
Castillo de San Juan. Se inició su construcción en 1641, a instancias del Gobernador Juan Urbina y Eguiluz, que en carta de 12 de junio de 1643 dirigida a SM anuncia que el Castillo de San Juan está en defensa. Sufrió numerosos reparos y en 1766 se reedificó (existe una lápida que lo recuerda). Desde esa fecha ha sufrido numerosas recomposiciones. Se conserva en buen estado. Es propiedad del Ejército que lo cedió en usufructo al Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife. 
Fortín de la Cruz. Después de los castillo del Cabildo San Cristóbal y San Juan, es el primero que se cita y debería estar antes que el de Paso Alto; sin embargo, es posible que sea el que estaba e retaguardia del fortín de la Huerta de los Melones, que también recibía el nombre del Calvario.
Fortín de Paso Alto. Es posiblemente uno de los primeros topónimos de Santa Cruz; sin embargo es muy complicado hacer un seguimiento de los avatares que ha sufrido.  Empezó, en 1586, siendo una plataforma de artillería  en la que estaba previsto colocar piezas de campo y dos años después se pensó en piezas de largo alcance. En 1618 recibía el nombre de baluarte. En la Visita  de Íñigo de Brizuela, de c1634, no figura ninguna cita. Las crónicas escritas con motivo de la rebelión de Portugal (Pinto de la Rosa, pág 466) dicen que “se atrincheró” en 1641. Con motivo de la guerra contra Inglaterra en 1656 se proyectaron una serie de fortines, entre ellos el de Paso Alto. No disponemos de información sobre cómo era el fortín pero es posible que fuera circular como los cercanos de San Miguel y Candelaria, en el plano de Lope de Mendoza ya figura el nuevo castillo pero, la plataforma en forma de trapecio, conserva en color rojo un semicírculo de diámetro identico a los dos citados. También se puede afirmar que antes del ataque recibía el nombre de Fortín de Paso Alto y después del ataque pasó a llamarse Fortín de Santo Cristo. La primera vez que se cita este fortín con el nombre de Santo Cristo es en las actas del Cabildo del 15 de mayo  de 1657.¿A qué fue debido el cambio de nombre? antes de contestar a esa pregunta veamos el desarrollo del combate. En el ataque de 1657 “la fortaleza de Paso-Alto sufrió el mayor daño”. En el informe emitido por el Capitán General Alonso Dávila y Guzmán del 7 de mayo de 1657 le decía  SM lo siguiente: en un baluarte del Paso Alto se han hallado 1.200 balas y más de 200 palanquetas que se dispararon y se tiene por cierto pasarían de 5.000 balas las que disparó aquel día. En 1669, por orden del Capitán General Conde de Puertollano, el ingeniero Lope de Mendoza realizó un nuevo proyecto. La madera se extrajo de los montes de La Matanza y fue acarreada gratuitamente hasta La Laguna por los vecinos, las vigas más gruesas procedían de Güimar. Efectuó la obra el maestro albañil Juan Zamora que vino de Las Palmas, abrió los cimientos Francisco Texera, vecino de La Laguna y preparó los herrajes y cerraduras el herrero Ángel Borges, vecino de Santa Cruz (Cioranescu T-ii, pág 168). El proyecto incluía una capilla bajo la advocación del Santo Cristo, para lo que se encargó a Juan Francisco un óleo con su imagen, por el que se le pagó 133 reales y 6 cuartos; la licencia para celebrar misa fue concedida por el obispo Bartolomé García-Ximenez de Rabadán (1665-1690) el 1 de julio de 1670. En 1774 un violento temporal le causó graves daños, siendo prácticamente reconstruido en 1782 por el ingeniero Andrés Amat de Tortosa, quien le daría forma semicircular a la plataforma, según un primer proyecto elaborado por Joseph de Arana el 15 de enero de 1775. Terminada la obra el 11 de marzo de 1782, se colocó una lápida de mármol que todavía se conserva:

reinando carlos iii, mandando estas islas el exmo sr. don joaquin ibáñez cuevas, marques de la cañada, teniente general de los reales ejercitos, se concluyo la reparación de este castillo, mejorando su bateria alta con bovedas a prueba, de que carecia la plaza de armas que la cierra, bateria de entrada de su inmediación, la de san rafael, cuesta, parapetos y defensa de los barrancos, aumentados en toda la linea hasta el barranco hondo, con motivo de la guerra año de 1782.

El 10 de octubre de 1950 se efectuó el traspaso del castillo a la Junta de Obras del Puerto, que lo había solicitado para construir la nueva carretera que debía unir los diques Sur, Norte y Este, carretera que afectaba la gola del castillo, el resto de la fortificación la Junta lo cedió a la ciudad para un museo, que inaugurado en 1956 tuvo vida efímera.
Fortín de San Miguel. Construido como fortín en 1656. Fue reformado y convertido en fuerte según proyecto levantado en 1789 por el ingeniero Fausto Caballero, se terminaron las obras en 1793. Se entregó al Ministerio de Fomento en 1927, que lo cedió al Real Club Náutico de Tenerife, siendo demolido para construir sus instalaciones.
Fortín de N. S. de la Candelaria. Construido como fortín en 1656. Desapareció en el aluvión del 7 de noviembre de 1826.
Fortín Desartillado [fuerte de los Melones]. Construido en 1656, estaba situado en la desembocadura del antiguo barranco de San Antonio. Fue reparado en 1755 por el ingeniero Francisco Gozar. A mediados de del siglo XIX servía como batería de salvas.
Baterías de los Roncadores (1ª y 2ª). Fueron construidas en 1656, estaban emplazadas entre la huerta de los Melones y el fortín de San Pedro.
Fortín de San Pedro. Erigido como fortín en 1656. En 1792, Luis Marqueli proyectó sobre él un fuerte semicircular, se terminó en 1795. En 1904 se convirtió en cuartel de Ingenieros con fachada a la calle de la Marina. Con motivo de la construcción de la vía de enlace se demolió en septiembre de 1948.
Batería de La Caleta. Era una explanada construida en la caleta de Blas Díaz. En 1673 se construyó una plataforma, siendo Gobernador y Capitán General Juan de Balboa Mogrobejo (1671-1676) e ingeniero Lope de Mendoza. En el plano de 1701 recibe el nombre de la Plataforma, a la que se le dio el nombre de batería de La Concepción. Hacia 1725 el Marqués de Valhermoso ordenó construir un cuartel de Caballería o más exactamente unas caballerías y un pequeño cuartel de Infantería, ambos fueron derribados en 1742 para construir la Real Aduana, que pervivió hasta 1943? año en que fue derribada para construir en su solar el actual edificio de Correos. Esta batería se entregó al Ayuntamiento junto con el castillo de San Cristóbal en 1926 (Pinto de la Rosa, J. Mª., pág 547) y fue derribada en 1928, en el solar se construyó el actual edificio del Cabildo Insular de Tenerife.    
Batería de San Telmo. Se edificó en 1656, pues figura con dotación de artillería en el inventario citado; sin embargo, no figura en el plano de Mendoza, la primera representación está en el plano de 1701. Se construyó de nueva planta en 1769 de orden del Comandante General Miguel Fernández de Heredia (1768-1775). En el plano de Vicente Ortiz de 1819 figura junto a ésta la llamada batería del Garitón que debió habilitarse en 1818. 
Inventario de la artillería montada en la Marina de Santa Cruz de Tenerife
Nombre
Bronce
Hierro
Desmontada
Fuerte del Bufadero
[10], flota


Batería de Valleseco

[8], flota

Castillo de San Cristóbal
15
4
9
Castillo de San Juan
4
3
4
Fortín de la Cruz

3

Fortín de Paso Alto
2 + [2]


Fortín de San Miguel
4
2
1
Fortín de N. S. de la Candelaria
4
2
2
Fortín Huerta de los Melones
3


Baterías de los Roncadores (1ª y 2ª).
2, flota + 3
2

Fortín de San Pedro
2
1

Batería de La Caleta
10, flota


Batería de San Telmo
2


Total: 56 + 12 flota = 68
39+12 flota
17
16

 El cuadro ha sido confeccionado teniendo en cuenta el inventario realizado los días 4 y 6 de diciembre de 1657, que se reproduce a continuación. En él ya no figuran las baterías de Bufadero y Valleseco, por lo tanto se supone que sus cañones fueron depositados en la batería de la Caleta [10 cañones], en los Roncadores [2 cañones] y el resto en otros fortines sin  especificar que eran de ‘mar’. El general Dávila dice que «se le tiró sin cesar desde que fue entrando en el puerto, con sesenta y seis piezas de hierro y bronce», incluyendo las que pidió a Egues que eran: diez de bronce y ocho de hierro, que montó en Bufadero y Valleseco (Rumeu, T-III, p. 1.107). En el acta del Cabildo del día 15 de mayo éste valora  la intervención de Paso Alto a pesar de que sólo hicieron fuego dos cañones. Al sumar todas las piezas se obtienen 56 + 12 de la flota =  68 (sin contar las de Bufadero y Valleseco, de las que se conoce el paradero de 12), cifra que se acerca bastante a las 66 que contabiliza Dávila.    

Inventario de Artillería (AMLL, F-XIII, 33)
Primeramente ay en este Castillo Principal deste puerto de Santa Cruz:
Una piessa de bronce de treinta y seis libras de bala que sse nombra ercules.
Dos medios cañones de bronze de veinte y quatro libras de vala.
Item un tercio cañón de bronze de a dies y seis libras de vala.
Item dos medias culebrinas de bronsse del calibo de a dosse.
Item sinco quartos cañones. Los quatro de a dose libras y el uno de a dies.
Item una media culebrina de bronsse bastarda de a dies libras de vala.
Item un falconete de bronsse de tres libras de bala. 
Item dos falconetes de bronsse de a dos libras.
Item quatro piessas de fierro la una de quatro libras de bala y las tres de a dos libras. Todas las quales dhas piessas están montadas en el dho castillo prinsipal de Santa Cruz.
Desmontadas en dho castillo:
Item sinco piessas de fierro la una de 14 libras de vala, la otra de 4, las 2 de a tres y la otra de a una.
 Item dos pedreros con una camareta el uno desmontado y el otro en su encabalgamiento.
Item dos esmeriles de bronsse con sus caxas.
Item dies y siete mosquetes y en ellos cinco caxas.
seis de diciembre de 1657
Castillo de San Juan, caleta Negros:
1 campana de velas.
4 piessas de bronsse, 1 de 18 libras, 1 de 16 libras y 2 de 10 libras,
3 piessas de hierro de 8 libras.
4 piessas de hierro desmontadas de 6 libras.
1 caballo para montarlas.
Fortín de la Cruz:
3 piessas hierro colado 1 de 14 libras, 2 de 4 libras.
Fortín de Santo Cristo:
4 piesas de artilleria de bronce, 2 de 24 libras y las otras dos del calibre de 16 libras. 
Fortín de San Miguel:
7 piesas. 4 de bronce: 18 (una) y otra de 16 y dos de 10.
3 de hierro de a 8 libras (dos desmontadas y una encabalgada).
Fortin de la Candelaria:
8 piesas. 4 de bronce en sus encabalgaduras, cargadas con palanquetas y balas rasas. 1 de 16 libras y 3 de 10 libras. 4 de hierro, 2 desmontadas, las dos cargadas y montadas, 3 de 8 libras y una de 3 libras.
Fortin Desartillado: 3 piezas de bronce encabalgadas, 1 de 16 libras y 2 de 10 libras.
En la primera batería que está en los Roncadores: 2 piezas de bronce en sus encabalgamiento de mar.
En la segunda batería de los Roncadores: 3 piezas de bronce de 10 libras.
Fortin de San Pedro: dos piessa de bronce de 16 libras. 1 de hierro de 6 libras.
Bateria de La Caleta: 10 piezas de bronce montadas en sus cureñas de mar, 2 de 16 libras y 8 de 10 libras.
Batería de San Telmo: 2 piesas de bronce de 10 libras
El inventario es de ocho meses después del ataque, debe revisarse la artillería y los fortines y baterías que intervinieron en el ataque. Según la sesión del Cabildo celebrada el 15 de mayo siguiente de las cuatro piezas de Paso Alto sólo intervinieron dos, pero con gran acierto.

Prologómenos del ataque
El 3 de noviembre de 1656 empezó Tenerife a aparejarse más y más, por haber avistado algunos navíos de gran porte. El general mandó que todos los milicianos asistiesen a sus respectivas banderas.
El día 4 bajaron a Santa Cruz las compañías de La Laguna, bien que, habiéndose tenido seguridad el 5 de que eran embarcaciones amigas, se volvieron a retirar.
El 12 llegó aviso de España de que estaba la armada inglesa sobre Cádiz, y el 28 de diciembre entró en el puerto de Santa Cruz la nave de La Plata llamada Madama del Brasil, procedente de Puerto Rico y transportando medio millón de Pesos del mando del capitán Alonso Ruiz de Mármol, con el gobernador y 50 soldados del presidio de Puerto Rico, que poco después armaron una pendencia con los paisanos, en que alguno murió.
El 18 de Febrero llegaba a Santa Cruz de la Palma la Flota de Méjico al mando de Don Diego de Egues. La Flota, cargada con Plata Mejicana por importe de 10 millones de Pesos y otras mercancías valiosas, había partido en Diciembre del Puerto de la Habana. Egues, partió de la Palma Entra en el puerto de Santa Cruz la flota de don Diego de Egues: Ya don Alonso Dávila había enviado a la corte al capitán Gaspar de los Reyes Palacios con la noticia del arribo de aquella nao, cuando en Tenerife se tuvo la satisfacción de ver entrar el día 22 de febrero (1657) la flota deseada del cargo del general don Diego Egues Viamont y del almirante don José Centeno Ordóñez.
Dávila aconsejó a Egues el desembarco de la plata y estar a la espera hasta recibir órdenes del rey, más éste impaciente levó anclas el 26 de febrero con la intención de llegar como fuera a Cádiz, pero después de unos días de navegación se supo que Blake lo estaba esperando por el camino [Un marinero inglés, cogido en La Gomera y trasladado a Tenerife, declara que la armada de Blake ocupaba todavía las costas de España. Despacha al punto el capitán general un barco a don Diego de Egues con este aviso y le envían al inglés, a tiempo en que pensaba en retornar a Santa Cruz por haberse rendido un palo de la capitana.]. De acuerdo con el Capitán General de las Islas, Alonso de Dávila, decidio dar media vuelta y resguardarse en el Puerto de Santa Cruz de Tenerife, al amparo de sus fortificaciones, el 2 de Marzo.
La Flota de Diego de Egues se componía de 9 navíos mercantes y 2 buques de guerra como escolta.
En efecto, toda la flota volvió a arribar el 12 de marzo, ese día se determinó asegurar en tierra la plata y demás cargazón, lo que ocupó además, el 13 y 14 marzo. El 25 de abril, con noticia de la muerte de don Pedro de Ursúa, marqués de Gerena y general de los galeones, que era cuñado de don Diego, hicieron veinticuatro horas la capitana y almiranta aquellos honores fúnebres que se acostumbran en la marina, funesto presagio del desastre que dentro de cuatro días había de experimentar toda la flota.

El puerto de Santa Cruz en 1657
En el momento del ataque inglés se hallaban anclados en el puerto 16 navíos, once pertenecientes a la flota de Nueva España: dos galeones y 9 mercantes entre naos, urcas y pataches; entre los cinco restantes había tres de armadores canarios y dos del comercio con América. Cioranescu combina la información de varias fuentes y presenta la siguiente lista:
  1. Jesús María, capitana, general Diego de Egues, capitán José Márquez.
  2. La Concepción, almiranta, almirante José Centeno, capitán Juan de Bobadilla.
  3. Nuestra Señora de los Reyes (del Rosario)*, capitán Roque Galindo.
  4. San Juan Colorado*, de Honduras, capitán Sebastián Martínez.
  5. Santa Cristo del Buen Viaje, de Honduras, capitán Pedro de Arana
  6. Campechano Grande, capitán Pedro de Urquía
  7. Campechano Chico, capitán Martín de Elizondo.
  8. La Vizcaína de Vera Cruz, sus capitanes, Cristóbal de Aguilar y Juan Quintero.
  9. El Sacramento* de Vera Cruz, capitán Francisco Villegas y Juan Rodríguez.
  10. Nuestra Señora de la Soledad, de Vera Cruz, capitán Francisco de Istueta.
  11. El Patache, de Vera Cruz, capitán Pedro de Orihuela.
  12. Un navío que vino de Vera Cruz, capitán Pedro Figueroa.
  13. Un navío que vino de Santo Domingo, capitán Pedro Zorrilla.
  14. Navío canario, capitán Gregorio Gomes.
  15. Navío canario, capitán Francisco Marcadel.
  16. Navío canario, capitán Fernando Sohes.
Según Manuel de Ossuna los que llevan (*) estaban surtos junto a la Huerta de los Melones. 

La capitana y la almiranta eran galeones armados con 32 cañones. El galeón era un buque de guerra que arqueaba entre 300 y 1.000 toneladas, que combinaba la carga de la carraca con la velocidad de la carabela junto con una buena capacidad de fuego. Un galeón de unas quinientas toneladas tenía una eslora de entre 28 y 30 metros y una manga de 8 metros, su tripulación estaba formada por unos 250 hombres entre oficiales marineros, artilleros y soldados. Se ha conservado un dibujo con el Plan de combate de la nao capitana de la Flota de Indias c.1650 atribuido al almirante y capitán general de la Flota de Nueva España Juan de Echeverri, que asumió el mando de la Flota en 1649 e introdujo sustanciales reformas en la disciplina y tácticas de combate que divulgó en sus Instrucciones para la navegación y el combate (1659).  Los 32 cañones se distribuían así: diez piezas a cada banda (babor y estribor); dos en la popa; tres a cada banda del castillo de popa; y dos a cada banda del alcázar de proa.

La flota inglesa
La flota de Blake estaba compuesta de 26 navíos. Tras consultar con sus oficiales, su lugarteniente Stayner sugirió la idea de que doce de las mejores fragatas deberían entrar en la bahía, la idea finalmente fue aceptada por Blake: cuatro fragatas de cada una de las escuadras formarían la  división que estaría al mando de Stayner.  La orden que éste les dio a los capitanes, fue que le siguiesen en línea y por el orden con que Blake los había designado; que deberían anclar a cierta distancia de la costa, con espacio para permitir la maniobra, y que se dipararían dos cañonazos cuando estuvieran anclados en la bahía.
La división estaba formada por los siguientes navíos:
  1. Speaker, capitán Richard Stainer, 52 cañones, había participado en en combate naval de Cádiz el 19 de septiembre del año anterior.
  2. Lucie (Lyme?), capitán John Stokes, 50 cañones
  3. Lamport, capitán John Coppin, 50 cañones
  4. Newbury, capitán Robert Blake, el joven, 50 cañones
  5. Bridgwater, capitán Anthony Earning, 50 cañones, había participado en en combate naval de Cádiz el 19 de septiembre del año anterior.
  6. Plymouth, capitán Littlejohn, 50 cañones, había participado en en combate naval de Cádiz el 19 de septiembre del año anterior.
  7. Worcester, capitán Robert Nixon, 46 cañones,
  8. Newcastle, capitán Edmund Curtis, 40 cañones
  9. Foresigth, capitán Peter Mootham, 36 cañones
  10. Centurion, Anthony Spatchurst, 52 cañones
  11. Winceby, capitán Joseph Ames, 52 cañones
  12. Maidstone, capitán Thomas Adams, 32 cañones
El resto de la escuadra formaba la otra división que iba al mando de Robert Blake, cuyo buque insignia era el St. George, junto con el Bristol, el Colchester, el Convert, el Fairfax, el Hampshire (Robert Story), el Jersey, el Nantwich, el Swiftsure (54 cañones) y el Unicorn, entrarían más tarde en la bahía con la misión de cañonear los castillos. El buque insignia de Blake y el de Stainer se mantendrían fuera del alcance de los cañones de la plaza. 
  
Cronología del ataque
Corría la noche del domingo del 29 al 30 del mismo mes de abril, cuando llegó a Santa Cruz un navío procedente de Canaria con aviso de que el inglés venía con más de 36 velas (según los cronistas el número oscila entre 26, 33, 36 y 40) sobre el puerto, con ánimo de sorprender a la flota. La flota del inglés estaba en las proximidades de  la punta de Anaga y los navíos listos para la batalla.
Dos de la mañana recibió el aviso Diego de Egues de que a distancia de tres leguas había 33 navíos ingleses y alertó a toda la flota (Rumeu, T-III, p. 1.110).
Tres de la mañana, Dávila estando en La Laguna «tuve aviso de que había 40 navíos que parecía hacían viaje para esta isla» y ordenó tocar a rebato. Tocan las campanas  y corren al arma las milicias. Baja toda la tropa acuartelada en La Laguna, incluso la gente de la flota que había subido.
El almirante Blake destaca dos fragatas la Plymouth y la Nantwich para explorar la bahía y al alba dan aviso de que los navíos españoles siguen en el puerto, aunque la sombra de las montañas los hizo invisibles a la flota inglesa (Firth, p. 238).
Cuatro treinta y seis, salida del sol. Se trata de la hora local, para calcularla se ha tenido en cuenta que el paso del sol por el cenit de Santa Cruz coincide con el mediodía.
Al alba (estaba amaneciendo) hace acto de presencia en el puerto de Santa Cruz el capitán general Dávila, recorre y reconoce la Marina y da las últimas instrucciones. Y, añade, «a esa hora se vieron de la punta de Naga veinte y seis vajeles grandes y dos pequeños que se conocieron ser ingleses» (Rumeu, T-III, p. 1.106).
Habiendo amanecido, Egues reconoció la armada a distancia de dos leguas. En ese momento la dirección y fuerza del viento, según Egues, era la siguiente: «Estando casi en calma por la callada que el levante hace por las mañanas, siendo este viento el más favorable que pudieron tener y que había ventado todos los días antecedentes y volvió a ventar luego que el sol salió» (Rumeu, T-III, p. 1.110).
Seis de la mañana (lunes 20 de abril, según el calendario juliano y cambio de día al mediodía) Blake convocó a sus capitanes a bordo del St. George para fijar el plan de ataque. Se decide formar una división con «doce de las mejores fragatas» de la flota: Speaker, Lucie, Lamport, Newbury, Brigwater, Plymouth, Worcester, Newcastle, Foresight, Centurion, Winceby y Maidstone al mando de Stayner, éste dio la orden a los once capitanes que le siguiesen en línea por el orden asignado por Blake, se situarían en lugar de mayor peligro y anclarían a cierta distancia de la costa para que hubiese espacio suficiente por si fuese necesario virar los barcos durante el combate, su misión destruir los barcos españoles. El resto de la flota al mando de Blake cañonearía los castillos. 
Poco después del alba llegó el tercio principal de La Laguna con su maestre de campo don Cristóbal de Salazar y Frías, que ocuparon sus posiciones y trincheras mucho antes de que terminara de entrar la escuadra enemiga. Poco después llegó el resto de la tropa, en total entre 6.000 y 12.000 hombres (según las fuentes).
Ocho de la mañana, Stayner enfila el puerto. Según Dávila antes de las ocho había dado fondo a tiro de mosquete de la Capitana y Almiranta que se habían arrimado a tierra hacia la parte del castillo Principal. El viento favoreció los movimientos de Stayner que fondeó en el puerto sin necesidad de maniobrar. Los ingleses creían que los españoles se sentían seguros pues argumentaban que el puerto había sido fortificado tan fuertemente que un ataque acertado parecía imposible. Seis o siete fortalezas de piedra muy cerca uno de otro y conectados por una línea triple de los antepechos para los mosqueteros, terminados las defensas de la tierra (Firth, p. 239).
Nueve de la mañana. Se inicia el combate. Toda la división de Stayner, con admirable osadía, había anclado a tiro de mosquete de los españoles. Según Egues los navíos estaban situados proa con popa los ingleses de los españoles.
Entre las diez y las once, Blake entra en el puerto con el resto de la flota siguiendo la misma alineación que Stayner aunque algo más alejada de la costa. El St George y el de Bourne se sitúan alejados fuera del alcance de los cañones costeros. 
Once del día, «estuvo batiendo el enemigo con toda su armada hasta la noche al castillo principal, los reductos y baterías de este puerto y las casas de él, y desde todos esos puestos se le tiró sin cesar con sesenta y seis piezas de hierro y bronce hasta la noche», en palabras del general Dávila (Rumeu, T-III, p. 1.107). Sin embargo, Egues había colocado sus navíos de tal manera que impedía la visibilidad y los tiros del castillo principal y de algunos fortines. Sobre la artillería de tierra dice Egues «Y al poco o ningún amparo que los bajeles tuvieron de la artillería de tierra, debo decir a Vuestra Magestad que aunque es cierto llevaron mucho daño los enemigos, como también después ha constado, sin embargo, habiendo dado fondo antes de las nueve de la mañana y hechose a la vela los últimos después de las seis de la tarde, estando plantados en esta playa y sus fortificaciones más de sesenta cañones, no vimos echar ninguna fragata del enemigo a pique ni desarbolarla, sino solamente a la del gobierno, del trinquete y mastelero mayor, y otra de la mesana» (Rumeu, T-III, p. 1.112).
Mientras los ingleses utilizaban la artillería de los barcos, se inició la abordada de los buques mercantes por medio de lanchas, los nuestros ofrecieron gran resistencia y hubo mortandad por ambos bandos. Algunos se salvaron a nado, saliendo a tierra por medio de los torbellinos de llamas y demás horrores de la artillería y el mar, mientras otros quedaron quemados o sumergidos.

Entre las once y las doce toda la artillería de la escuadra se dirige contra los dos únicos galeones, Capitana y Almiranta, a los que causaron grandes daños. La Almiranta como más próxima a la escuadra es la que recibió más daño y el almirante José Centeno atento a que el enemigo no se apoderase del navío con estandartes y armas determinó incendiarlo, lo intentó en dos ocasiones hasta que una bala enemiga incendió la mina preparada y el navío con su almirante voló por los aires, eran las doce del mediodía.
Al parecer, Egues tenía como orden principal dada por el propio Felipe IV el defender a toda costa el Tesoro de Nueva España a un a costa de perder sus barcos.   
Entre las doce y la una empezaba a arder, la Capitana,  el barco del vicealmirante español, que quedó como blanco de toda la escuadra durante una hora y además, amenazado por la Almiranta  fue encallado en la costa e incendiado por el condestable. Sobre el hecho comenta Egues. «Era como la una del día, con que de cuatro horas mantuve y defendí la Capitana». De la Capitana murieron don Pedro de Argos, don Pedro de Medina, el piloto mayor Lázaro Beato, don Pedro Navarrete, el capitán Lizondo... (Rumeu, T-III, p. 1.112).
Desde el mediodía hasta el atardecer el enemigo estuvo batiendo los castillos, fuertes y baterías de la plaza, pero éstos desde el momento en que las naves propias habían dejado libre el puerto.
Cinco cuarenta y nueve de la tarde, puesta del sol, en Santa Cruz.
Al atardecer, viendo Blake el peligro que corría la escuadra ordenó la retirada, la escuadra, se había mantenido surta al ancla  en el puerto, hasta ese momento en que zarpó precipitadamente a favor de la oscuridad, sacando desarbolado a remolque el navío llamado "El Gobierno" (se refiere al Speaker, que fue remolcado por el Plymouth)   con otros buques bastante maltratados, la retirada se vio dificultada por el viento.
El botín consistía en dos naos: «una de Santo Domingo, con alguna corambre, y otra que tenía parte de la carga para Indias; las saqueó, pero no del todo, y ambas las puso fuego queriendo hacer lo mismo con una nao de la flota, que había barado, lo resistió la artillería y mosquetería de tierra» según el general Dávula (Rumeu, T-III, p. 1107). Esta última nao ante las dificultades que ofrecían para la retirada, Blake ordenó por tres veces incendiarla.
Según el cronista inglés la retirada se hizo con orden: «Quedaba para completar el triunfo que los barcos saliesen rápidamente, aun los que estaban en mayor riesgo. Aquellos que navegaban cerca de la costa y resultaron más averiados, necesitaron que se les remolcase; los otros, cuando quisieron levar anclas, fueron arrastrados por el viento que soplaba constantemente hacia la bahía, y una de nuestras mejores fragatas encalló [...], pero a pesar de todo, gracias a un milagro de Dios, nuestros barcos salieron uno a uno sanos y salvos».
Cuando las sombras del atardecer invadían la bahía cesó el fuego por ambas partes.

hizo intimar a don Diego de Egues que se rindiese; pero el intrépido español, "hombre de gran valor y conducta" (como confiesan los mismos escritores ingleses), teniendo bien regladas las cosas, respondió con estas palabras:
- Que venga acá si quiere.
Los buques mercantes son incendiados, unos por el fuego Ingles y otros por el propio Egues.
[...] el trabado combate de diez horas con los ingleses, Los enemigos perdieron más de 500 hombres.
De los habitantes de Tenerife sólo murieron 5 y entre ellos el fray Francisco Monsalve, religioso de San Agustín. La fortaleza de Paso Alto recibió el mayor daño y lo hizo a la guarnición, porque las balas que daban en el risco desencajaban muchas piedras. Todavía se suelen encontrar algunas enterradas en aquel cerro.
Los Españoles habían perdido la Flota de Mejico, pero no el Tesoro que era lo importante, aun así las bajas Inglesas fueron cuantiosas. Entre muertos y heridos las bajas pasaron de las 400 y muchos navíos sufrieron serios desperfectos, el Insignia de Blake, el ¨¨ Speaker¨´, quedo fuera de combate. En Tierra se contaron 3 muertos por las Milicias Canarias. La flota de Egues si tuvo mas bajas, sobre todo murieron algunos destacados Oficiales.  

Desembarco frustrado
Ya hemos dicho que mientras los ingleses utilizaban la artillería de los barcos, se inició la abordada de los buques mercantes por medio de lanchas. Por el historiador Manuel de Ossuna (véase «30 de Abril de 1657» en Boletín de la Real Sociedad Económica de Tenerife, 30 de Abril de 1899), sabemos que «la compañía de que era capitán don Tomás de Nava, marqués de Villanueva del Prado, al mando de su alférez don Cristóbal Lordelo, que había sustituido al referido capitán por hallarse enfermo en la Orotava, se situó donde dicen La huerta de los melones, y junto a ella, cuanto era posible,se acercó el navío llamado San Juan Colorado de la flota española, y así mismo también los navíos el Santísimo Sacramento y el Nuestra Señora del Rosario; en esa situación trataron los ingleses con gran insistencia de apoderarse de él [del San Juan] y no obstante morir muchos de los que venían en las lanchas con ese intento, por los disparos de la gente de don Cristóbal Lordelo que en aquellas inmediaciones valerosoamente defendía la referida embarcación, los tripulantes de una lancha persistieron en entrar en dicho navío; más la compañía de Lordelo, a pesar de la lluvia menuda de balas que recibía del enemigo, logró matar a todos los ingleses que venían en ella, arrojándose algunos de los nuestros al agua para sacar a tierra la dicha lancha inglesas, como ocurrió, defendiéndola a nado de otros ingleses que pretendían recobrarla [esta lancha fue traída a La Laguna por lagente de Lordelo y regalada al Santísimo Señor de la Laguna, recibiéndola el padre Guardián Fr. Sebastián de Sanabria].
En el artículo «30 de Abril de 1657» publicado en El Día, el pasado 29 de abril de 2007 con motivo de cumplirse el 350 aniversario, decía que «hay que tomar con cautela esa afirmación, Viera considera que don Tomás era el caballero más respetable de Tenerife, Historia, T-II, p. 233; ningún historiador, salvo Ossuna, ha querido pronunciarse sobre ese punto, Rumeu habla sobre la «peligrosa utilización de informaciones personales de méritos –siempre exageradas– y sobre todo tardías» en Piratería, T-II, p. 920; sin embargo, tanto Tomás de Nava, como Cristóbal Lordelo se valieron de memoriales para hacer valer sus méritos, ¿fue Nava o fue Lordelo el que estuvo al mando de la compañía?, la historia debe aclarar lo ocurrido ese memorable día». Pensaba que iba a ser difícil aclarar esa cuestión pues Viera es tajante cuando dice «Uno de los primeros ciudadanos que corrieron intrépidos al puerto para hacer cara al enemigo fue el capitán don Tomás de Nava Grimón, varón esclarecido que, con su compañía de milicianos y asistido de su cuñado el capitán don Diego de Alvarado bracamonte, se fortificó en la huerta de los Melones» (T-II, p. 228). Sin embargo, en el Memorial que presentó al rey, en 1665, don Tomás de Nava para obtener el marquesado de Villanueva del Prado, dice al respecto «En tiempo, que la Armada Inglesa vino a sorprender la Flota del cargo de don Diego de Egues, amaneciendo sobre el Puerto de Santa Cruz los Baxeles enemigos, fue la primera que se puso sobre ellos su compañía: hallándose tan prontos los soldados a impedirles la presa, como si la execución huviera pendido sólo de la idea de su deseo, obedeciendo al orden del General don Alonso de Avila, ocupó su gente la Huerta de los Melones donde se fortificó: por ser capaz el sitio, se dexaron venir a su abrigo nuestros baxeles. Abordaron a uno tres lanchas enemigas. y no contendándolos a su compañía, con averles dadorecias cargas, se arrojaron con fogoso ardimiento al mar y apressando a la que hazia con la vecindad más ofensa, la vararon en tierra; y matando la gente que traía de guerra, gozaron numerosos despojos de todo género de armas. Los demás se retiraron con tanta priessa que dexaron en las naos donde abordaron mucha de su gente, que se boló, quando dieron fuego las minas de nuestros navíos » (Memorial impreso p. 14, un ejemplar se conserva en archivo de la Real Sociedad económica de Amigos del País de Tenerife, ‘Casa de Nava’ fondo M 261). Los subrayados aunque son nuestros permiten hacer una lectura detenida y llegar a la conclusión de que estuvo la Compañía estuvo en la Huerta de los Melones pero no su capitán.

Balance final (Epílogo)
El objetivo de Blake de apoderarse del tesoro y rendir la plaza, no se había cumplido, aunque la Flota Española fue totalmente destruida (7 barcos incendiados y hundidos y 4 más encallaron en la playa). Por parte Inglesa se exageró mucho esta batalla. La flota de Egues que disponía de dos galeones fue aumentada a 10, y se dio a entender que los galeones no habían sido volados por los españoles sino incendiados por el fuego Ingles. Entre muertos y heridos las bajas inglesas pasaron de las 400, aunque los ingleses las rebajan a 60 muertos y cerca de 200 heridos, según testimonios de los holandeses la suma de muertos y heridos osciló entre 400 y 700, entre ellos algunos capitanes (Rumeu, T-III, p. 191). El Parlamento Ingles premió en junio a Blake por esta ‘Gran Victoria’, con una sortija con un diamante valorada en 500 libras esterlinas, además de otras cien libras al capitán que llevó la noticia a Londres. Fueron los últimos honores que recibió de sus compatriotas, pues cuando acometió a Tenerife ya se hallaba insultado de hidropesía y escorbuto, no pudo volver a Cádiz sin sentirse desfallecer y quiso restituirse a la patria; pero al entrar con su escuadra en la bahía de Plymouth murió a bordo del St George, el día 17 de agosto de 1657, de edad de 59 años.
La misión de Diego de Egues de conducir la flota de su cargo sólo se cumplió a medias pues éste la perdió; no obstante, en carta a S. M. de 8 de mayo le decía «la perdida de los frutos no ha sido grande ni aun considerable respecto del todo de ellos, porque la descarga estaba muy a los fines y sin duda alguna acabada la de los más estimables; sin embargo, los tramposos han hallado cuanto podían desear, daño irremediable y que debe tenerseles hasta lástima». El tesoro se quedó algún tiempo en Tenerife y tras pasar el peligro pudo llegar por fin a Cádiz. La sangre derramada, por la tripulación de la flota fue mucha, sobre ese punto le dice «con ésta remito a Vuestra Magestad relación de los muertos y heridos de la Capitana y Almiranta». Ningún historiador toca ese punto, y es posible que sigan inéditas en los archivos la relación que envió Egues. Sin juzgar su comportamiento «Es evidente que don Diego de Egues no es un rayo de guerra. Pero había tenido una suerte en su vida, la de haber sido durante diez años paje de Su Magestad, y otra quizá mayor en su muerte, la de haber tenido un biógrafo devoto y fácil de entusiasmar» (Cioranescu, T-II, p. 266), se refiere Cesáreo Fernández Duro que escribió un Bosquejo biográfico en 1901 (Uni La Laguna Cª17 Fº20).   
Si nos atenemos a los resultados, Alonso Dávila y Gumán fue el único que cumplió con la misión de defender la isla, ningún inglés logró desembarcar y sólo tuvo tres muertos. Sin embargo, su «integridad y desprendimiento no han ganado los sufragios de los historiadores » (Cioranescu, T-II, p. 266). Fue vilipendiado por Viera, por haberse enfrentado a la oligarquía isleña. El general no escatimó esfuerzos para preparar la defensa; además, forzó la voluntad de Egues para conseguir que se llevasen a La Laguna los talegos celosamente guardados por éste en los navíos. 

Recuerdos del combate
Es interesante hacer balance 350 años después del ataque de Robert Blake al puerto de Santa Cruz de Tenerife.
¿Qué es lo que ha conservado la entonces Plaza Fuerte y actual Ciudad?
El castillo principal de San Cristóbal desapareció en 1928, y de él sólo quedan los cimientos enterrados en la plaza de España, las piedras armeras con el escudo de armas de la Isla, del gobernador Álvarez de Fonseca y el altorrelieve de San Cristóbal. También se ha conservado el emblemático cañón Hércules y el Santo Cristo que el día de la invasión tenía en su poder el alcaide del castillo Fernando de la Guerra.
Del fortín de Paso Alto, no queda nada
Viera acusa al Conde de Puertollano (Gabriel Lasso de la Vega)  de incompetente, debido a la influencia que ejerció el Memorial de agravios (1656) de Tomás de Nava (que reproduce en parte Viera). Sin embargo había elaborado un concienzudo plan de fortificaciones, que con los años fue mejorados (Rumeu, p. 449-458):
Reedificó y acrecentó el Conde de Puertollano el ‘baluarte’ del Santo Cristo, en 1669. En mayo de 1669 Lope de Mendoza reconoció las fortificaciones de Santa Cruz de Tenerife y el 5 de junio de 1669, elevó informe al Consejo de Guerra. Mendoza decía: «El del Santo Cristo es el último con que remata esta fortificación, que viene a caer a la parte del norte, y el principal para la defensa de este cuerpo, respecto de estar en el paraje donde de necesidad las embarcaciones que vienen a este puerto llegan a reconocerle y el que importa tenerle más bien prevenido y resguardado para detener la entrada de el enemigo, pues vencido éste lo quedarán los demás como lo manifestó el día de la Armada de Inglaterra que vino a quemar la flota, siendo el que más riñó y en el que hallaron más dificultad los enemigos, siendo cierto que a no haber encontrado con su repugnancia, se hubieran hecho dueños del puerto y del luga» (p. 452, AGS, Secretaría de Guerra, leg 2.195)  

Bibliografía consultada
En Archivo Municipal La Laguna: LL: F-XIV/46 véase Festividades, Iglesia o religión o misas, capillas, oratorio etc. Cabildo 1 de julio de 1670 (licencia para celebrar misa).
30 de junio de 1670 se pagó 133 reales y 6 cuartos a Juan Francisco por su pintura del lienzo que representa al Santo Cristo, patrono de la Capilla, entre San Cristóbal y San Miguel (parece que la cuenta de gastos está en AGS, Hacienda 3190/1 (Cioranescu, T-II, p. 168). Consultar sesión de Cabildo de 15 de mayo de 1657.
Fernández-Pousa, Ramón (1944). «La Historia del Cristo de La Laguna según unos capítulos inéditos de Juan Núñez de la Peña» en Revista de Historia nº 65 (enero-marzo 1944), pp. 51-62.
Galante Gómez, Francisco (1999). El Cristo de La Laguna.  Un asesinato, una escultura y un grabado.  Ed.  Excmo.  Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna.
Rodríguez Mesa, Manuel  (2002). Las fiestas del Cristo de La Laguna  través de los siglos. .Excmo. Ayuntamiento de San Cristóbal de La Laguna.
V.V.A.A. (2003). Lumen canariense.  El Cristo de La Laguna y su tiempo.
Primo de la Guerra J. (1976). Diario I. 1800-1807. Aula de Cultura de Tenerife: Madrid, 1976, pp. 219-230.
Luis de Quirós, Fray (1612). Milagros del Santísimo Cristo de La Laguna  Ed. Ayuntamiento de San Cristobal de La Laguna.
Dávila y Guzmán, Alonso (s/f). Información en “Casa de Nava. Legajo patronato de la provincia de San Agustín” Rodríguez]M[oure] 264 (9/545) Archivo Real Sociedad Económica de Amigos del País de Tenerife (ARSEAPT). La Relación dirigida a SM está en T-III, p.1.106-1.110 de Rumeu.
Diego de Egues (s/f). Relación a SM, en T-III, p.1.110-1.113 de Rumeu.
Nava y Grimon, Tomás (1615-1670). Memorial de1665 (impreso) RM 261 (9/542) Biografía RM 263 (9/544). Testamento RM 262 (9/543), ARSEAPT.
Capilla Fundaciones eclesiásticas RM 129 (20/39) f. 386r, ARSEAPT.
La Batería de Armas del Grupo de Montaña, reforzada por personal del de Costa, participó en 17 combates en la Campaña de Marruecos entre 1921- 22, en la Zona de Larache. La Batería, fue puesta antes de su partida bajo la advocación del Cristo de La Laguna, regresó sin haber sufrido ninguna baja. Este hecho, considerado milagrosdel Santo Cristo de La Laguna "cada vez que ésta salga del Santuario".



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